Los pibes que están al horno (auténticos niños envueltos)
Creo que se llama Johanna. Vive en el sector Los Hornos. No es pequeña, es re-chiquita. Así lo cuenta ella misma, a puro prefijo, cuando en un esfuerzo de producción intenta señalar que tiene entre tres y cuatro dedos de edad.
Se la ve más chiquita todavía, es como si creciera la mitad de lo que crecen otros chicos de su misma edad. No parece ser la única: con sólo echar un rápido vistazo a todos los alumnos en edad de jardín y de primaria que viven en esa zona de Neuquén alcanza para darse cuenta que la mayoría de ellos no tiene ningún destino de NBA.
No están desnutridos, y se les nota. Han tenido evidentes problemas de alimentación en sus cortas existencias. Y eso también se les nota.
Van todos a un anexo de la escuela 234 de Plottier, un edificio desvencijado de la central educativa ubicada a unos 20 minutos de auto de la zona de la pre-meseta, justo al pie de la barda norte. Pero no es Plottier, es Neuquén capital, aunque en un lugar lo suficientemente alejado como para no aparecer en los mapas.
De hecho, toda esa zona en la que viven unas 600 personas está registrada como una mancha verde en el plano de Neuquén dentro de “Valentina Norte Rural”, un barrio en el que, a priori, muchos suponen que sólo hay barda, un sector de chacras, producción petrólera, un campo de golf muy elegante y un cementerio privado al tono.
Pero no, porque entre tanto muerto ilustre, césped cortito y guanaco petrolero hay un barrio. Hay varios en realidad dentro de la misma zona. Allí está Los Hornos, un asentamiento más allá del hipódromo que le debe al nombre a los antes lejanos hornos de cocción de ladrillos que sobreviven en pleno desierto.
No hay luz, no hay agua corriente. Eso de las cloacas parece ser un invento de la gente de la ciudad, y lo del gas una novela por capítulos que los vecinos reciben mes a mes en forma de bono.
El anexo de la escuela 234 está en el corazón del barrio. Hace 11 años que funciona en una casa prefabricada adornada con dos trailers petroleros que parecen salidos de un museo de YPF. En uno funciona un equipo electrógeno. En el otro los baños. No funciona ninguno de los dos.
Se sobreentiende que no hay clases. Hace tres semanas. Quizás el lunes que viene, si cumple su palabra los funcionarios de Educación que se acordaron de que tenían una escuela a cargo en el medio de la barda. La amnesia desapareció el jueves pasado, después de que un grupo de y papás de maestros le patearan suavemente la puerta del Consejo de Educación, para reclamar la compra de dos repuestos que le faltan al grupo electrógeno. Y de paso, pedirles si le hacen una escuela “común, como esas que hay en todos los barrios”, como les explicaba de Mariana, una de las docentes.
Si para muestra basta un botón, el anexo en cuestión es decididamente el botón. El resto de la prenda de vestir parece estar en Plottier, porque aquí no hay saco cruzado ni hombreras ni más botones. En todo caso es un mísero bolsillo interno de esos pequeñitos en los que sólo entra un encendedor y un par de monedas.
Los hermanos más grandes de Johanna van todos al anexo de la 234. Una de las primeras cosas que aprendieron fue a compartir: desde el primer día de clases les explicaron que la parte izquierda del pizarrón verde es para los chicos de primer grado, la del medio para los de segundo y el extremo que queda está reservado para los grandes de tercero.
La venganza se la toman en los recreos. La escuela será un desastre, pero tiene una gran cancha de fútbol con arcos de metal que aplanaron sus propios padres. Y no es sólo eso, en realidad es un campo de juego-campo de estudio. Allí aprenden física desde chicos: hasta los de primero saben qué es eso de la ley de gravedad, sobre todo aquellos que defienden la valla ubicada hacia el este, y que sufren la inclinación de la cancha. No hubo plata para contratar una máquina para que emparejara el suelo. Está lisita, pero con caída hacia uno de los lados.
Igual le dan a la pelota, aunque con el acuerdo previo de jugar siempre a dos tiempos, como para sacarse ventaja de manera equitativa.
A veces sucede que no pueden usar la cancha, sobre todo cuando se levanta un poco de viento. En realidad lo que no puede usarse es el barrio. Se quedan directamente dentro de sus casas, porque se hace imposible caminar entre la tormenta de arenisca y pequeñas toscas que esmerilan los vidrios de las viviendas.
Contra el viento, nada mejor que una buena arboleda. Ese es el principio de muchos vecinos que en su obstinación de hacerle frente a las corrientes de aire siembran sauces, algunos olmos y todo lo que crezca con poco agua de camión en suelo pedregoso. Saben, además, que se viene el verano, y sin árboles no hay media sombra que alcance.
Los pibes igual se divierten con el viento. Johanna corre frente a su casa acompañada por seis perros también chiquitos. Todas son hembras, de esas que se reproducen de a un montón y que terminan superpoblando la cancha de fútbol en medio del partido.
Esa misma cancha que, a lo lejos, cuando se llega al barrio desde Almafuerte, parece que estuviera toda rodeada de papelitos. En realidad son blosas de supermercado despedazadas por el viento patagónico, que se deshilachan en partes muy pequeñas y se pegan a lo primero que encuentran en su camino. Son tantas que, cuando el aire no sopla, tapizan las entradas de todas las viviendas, de la escuela, de la calle, de la pared del hipódromo. De todo.
Son de restos de basura. De mugre que no es del barrio. Del barrio que a veces es una mugre por culpa de la basura que se produce en otros barrios.
Igual, Johanna sigue corriendo con los canes detrás, con su hermana más grande que mucho no habla pero que mira fijo desde el fondo de sus ojos negros enormes, con la hija de la vecina que también es petisita. Las tres y las cachorras levantan polvareda.
Se van hasta la canchita envueltas en un torbellino de tierra; en una nube de polvo en la que parecen regir leyes distintas a las del resto de la ciudad. Ahí no hay escuelas que no funcionen, no hay basura esparcida por las calles, ni canchas inclinadas, ni gente deslomándose al calor de los hornos. Envueltas en el mundo que es propio de los niños, da la sensación de que no quieren perderse eso de ser chicos, a pesar de todo.
Y se ríen mucho.
En realidad, como dos montones.